Sarah Itzel Del Moral Acuña

Elías Quijada

Entre los pasillos de la Universidad de Sonora y el trazo rojo de su pista atlética, una joven corre con la certeza de que cada zancada es una promesa cumplida; su nombre es Sarah Itzel Del Moral Acuña, tiene 20 años y estudia la Licenciatura en Ciencias Nutricionales.

Detrás de su sonrisa tranquila y su carácter reservado habita una voluntad que se mide en metros, segundos y sueños. Hija de Dunia Guadalupe Acuña Peralta y Luis Domingo Del Moral Morales, la menor de tres hermanos descubrió el atletismo casi de forma azarosa, como si el destino la hubiera alcanzado a mitad de una carrera.

“No fue planeado”, recuerda con una sonrisa. Su madre, siempre presente, la llevaba de un deporte a otro, de una cancha a otra, hasta que un día, en quinto de primaria, un maestro cubano de nombre Oscar Pedraja la eligió en una visoría. Aquel encuentro fortuito le mostró un nuevo horizonte: la pista. Tres años de entrenamiento bastaron para encender una llama que, desde entonces, no se ha apagado.

Con el paso del tiempo, y tras la partida de su primer entrenador a tierras cubanas, Sarah Itzel buscó su propio camino. Lo encontró bajo la guía del profesor Conrado Soto Galaviz, con quien entrena actualmente en las instalaciones de la Universidad de Sonora.

Desde entonces, su amor por el atletismo ha sido una constante: una disciplina que recompensa tanto como exige. “Es muy cansado, pero aun así es una pasión enorme que le tengo a este deporte”, asegura con la serenidad de quien sabe que el esfuerzo no tiene atajos.

A su llegada a la máxima casa de estudios, la pista aún era de tierra, y aun así no dudó en representarla en competencias nacionales. En esas primeras participaciones, Sarah Itzel obtuvo dos medallas de plata, una en relevos 4×400 mixtos y otra en 4×400 femenil.

Sin embargo, su especialidad son los 200 y 400 metros planos, pruebas que definen su carácter: velocidad sostenida, resistencia al límite, equilibrio entre impulso y estrategia.

Estudiante dedicada y atleta disciplinada, vive en un vaivén constante entre los libros y las zapatillas. “Es complicado, aunque muchos no lo crean”, confiesa. Sus días inician temprano, entre clases y laboratorios, y terminan al atardecer, cuando el sol se disuelve en la pista y ella corre dos o tres horas, de lunes a sábado.

Su rutina diaria al momento de entrenar está marcada por la precisión: calentamiento, movilidad, técnica, tramos de velocidad; porque cada movimiento es una coreografía aprendida con el cuerpo y la mente. Requiere mucha dedicación, disciplina y claridad en lo que se quiere lograr. Si no se tiene un objetivo, es difícil avanzar.

En su familia, el deporte no es solo una actividad: es una herencia de varias generaciones. Su madre practicó atletismo; su abuelo y bisabuelo fueron beisbolistas destacados. De ahí, quizás, proviene esa fibra que la sostiene. Pero más allá del legado, Sarah encuentra su impulso en el amor.

“Mi mamá y mi hermana son mi gran fortaleza. Ellas han estado ahí cuando las lesiones me han querido detener. Me levantan, me recuerdan por qué empecé”, comparte con gratitud.

Introvertida y perseverante, la joven universitaria observa con orgullo el avance de las mujeres en el atletismo al considerar que son más dedicadas y claras en lo que quieren.

“Hemos demostrado que las mujeres pueden llegar lejos”, comenta, y su voz se vuelve firme, consciente del papel que representa, la constancia que rompe marcas y que desafía el tiempo.

Cuando habla del futuro, su rostro dibuja una sonrisa y su mirada se ilumina: quiere culminar su carrera universitaria, especializarse en nutrición deportiva y, algún día, representar a México en un mundial o en los Juegos Olímpicos. Lo dice con serenidad, como alguien que ya ha empezado a recorrer ese camino.

“Hagan un esfuerzo por tener una pasión, sea en el deporte o en cualquier ámbito. Luchen por sus sueños. Siempre hay espacio para lo que amamos. Es muy bonito estar enamorada de lo que haces”, afirma.

En cada palabra, en cada paso, Sarah Itzel Del Moral Acuña corre no solo para ganar una carrera, sino para recordarnos que la verdadera meta está en seguir avanzando, incluso cuando el viento sopla en contra; porque el atletismo, como la vida, se conquista con alma, disciplina y corazón.